El depreciado voto de un afiliado



La cifra de afiliados de los partidos políticos es como la nómina de miembros de un viejo club de caballeros del siglo XIX en el que hay más socios en los retratos de la galería que sentados en el salón principal. Una muestra de la salud organizativa que algún partido, con motivo de la elección de cargos orgánicos o la designación de candidatos, trata de tasar actualizando sus censos de afiliados, reduciendo drásticamente ese capital social y político que, en países como España, no han tenido (casi) ninguna importancia

El problema de los partidos españoles durante la década de 1980, sobre todo los 90’ y la primera década del 2000, era la aparente contradicción que se producía entre unas organizaciones que competían por situarse en la vanguardia de la modernidad del modelo catch all con la exhibición de unas altísimas cifras de afiliados. Ese atavismo, casi un fetiche kitsch, de los viejos partidos de masas. Un exotismo que, naturalmente, ha cumplido con una función comunicativa de primer orden: la escenificación de una mayoría social que respalda al partido/candidato y su proyecto. 

Cierto es que los distintos procesos renovadores, la catarsis que sucede a cada derrota electoral, o la simple fricción de las distintas facciones o familias, han contribuido a limpiar los censos de afiliados. La condición para perder tal condición no es de carácter estrictamente política. No se produce un incumplimiento de las obligaciones que todo buen militante debe cumplir, bueno, sí… no estar al corriente de pago. Es decir, no contribuir con el mantenimiento y la solvencia contable de la organización. Un asunto que no debería ser menor, pero cuya pesada carga ha sido aliviada para el afiliado gracias a las vías de financiación pública, trasladando la responsabilidad a los votantes. Mucho más importantes éstos a la hora de garantizar la supervivencia del partido. 

La recapitalización que se está produciendo en muchos partidos políticos (circunscrita, principalmente, a las campañas electorales) ha permitido a los afiliados recuperar algo de espacio. Sin embargo, a pesar de la externalización de todo tipo de tareas (el famoso outsourcing que algunos reducen únicamente a los grassroots), o la incorporación de nuevos mecanismos de financiación (el archifamoso crowdfunding que ha incrementado la competitividad de organizaciones con escaso acceso a las vías de financiación principales), sigue existiendo una enorme distancia entre los ciudadanos, los afiliados y los partidos políticos. 

Baste con repasar encuestas y estudios sobre las formas de participación política, o las cifras de afiliados de los partidos políticos europeos (no se fíen nunca de las cifras oficiales que facilitan), para evidenciar la vigencia de las categorías de Panebianco. Clásica distinción entre militante y afiliado, que habría que actualizar con los simpatizantes, inscritos y demás fórmulas innovadoras de los últimos tiempos. Categorías que se organizan en círculos concéntricos que parten del militante, aquel que participa activamente, y se amplía con los afiliados, simpatizantes, votantes, electores. Una estructura en la que la distancia al centro del sistema no es inversamente proporcional al poder del que disfrutan. Principalmente porque, como hemos advertido, en partidos orientados a ganar elecciones, esa despectiva referencia que les sitúa como máquinas electorales, son más importantes los votantes que los afiliados… entre otras cosas porque suman más y tienen la llave del poder. 

En este equilibrio entre la oferta, los partidos, y la demanda, los afiliados/electores, también se ajusta por parte de los ciudadanos. Éstos no encuentran incentivo para participar en los procesos organizativos pues, la práctica ausencia de vías de participación permanentes para todo tipo de toma de decisiones, ni la existencia de espacios habilitados para los procesos deliberativos, hace que sientan que su voto más influyente esté fuera de la organización de su partido. El ciudadano, el afiliado también, sobre todo ese que dejó de pagar su cuota, que ya no mira el newsletter ni los WhatsApp que recibe con las últimas novedades, o que directamente ha dejado de simpatizar con los colores de toda su vida… cree que tiene más poder (y, probablemente, también se siente más representado) eligiendo al presidente del gobierno que al presidente de su partido.

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