Reductio ad Hitlerum, Adolfo el demócrata

Hitler fabricaba Volkswagen, todo el que conduce un Volkswagen es un nazi. 
A Hitler le gustaba la naturaleza, los ecologistas son unos nazis
#yasítodo 

Adolf Hitler votando en las elecciones de julio de 1933.
Para muchos, lo más importante en el combate político, casi en cualquier tipo de combate, es poder arrojar un puñado de arena a los ojos del adversario y así, de este modo, tomar una ventaja que permita ganar la batalla. Puede que el Coliseo no aplauda la victoria sin gloria, pero la sangre derramada no será la propia sino la del rival. Este es el caso de la reductio ad Hitlerum, padre, madre y cura del bautizo de una coletilla recurrente: «Hitler también llegó al poder después de ganar unas elecciones». Cierto es que Adolfo, Fito para los colegas genocidas, ganó unas elecciones, las de 1933, y que repitió triunfo en las plebiscitarias de 1934, pero también lo es que ambos casos (especialmente en el segundo) el necesario carácter democrático brillaba por su ausencia.

Reductio ad Hitlerum es una sencilla falacia del tipo ad hominem que parió el sociólogo Leo Strauss, no confundir con el de los pantalones, en un famoso artículo publicado en 1951 (en la Measure: a critical journal) y que alicató en su libro Natural Right and History. Si Hitler hacia una cosa y tú también la haces, eres igual que Hitler, sin posibilidad de enmienda. Una falacia que tiene su máxima aplicación en el campo electoral, con la citada y recurrente coletilla, y es que Hitler, en realidad, no llegó al poder después de ganar unas elecciones (democráticas). Parecería, a fuerza de tanto repetirlo, que Hitler hubiese sido un demócrata de toda la vida que, en un momento dado, perdió la cabeza y se convirtió en uno de los mayores genocidas de la historia. 

Sin entrar en grandes análisis académicos y tirando de manual, existen diferentes variables con las que se puede identificar el carácter democrático de un proceso electoral. Como afirma Dahl, las elecciones son fuente privilegiada de legitimidad, y para que esta legitimidad pueda darse, entre otros elementos, deben producirse en un escenario en el que exista la libre competencia política por el poder. En este sentido, Nohlen establece una relación indefectible entre elecciones y la libre competencia entre fuerzas sociales y políticas de distinta procedencia. ¿En las dictaduras también se celebran elecciones? Ciertamente, por ello Nohlen distingue entre las elecciones democráticas y aquellas que se celebran en sistemas autoritarios o totalitarios y que identifica como elecciones semicompetitivas o no competitivas: comicios en los que no hay posibilidad real de elegir entre distintas opciones políticas para ocupar el poder, al igual que tampoco hay una posibilidad cierta de producir una alternancia en el mismo, es decir, el resultado está predeterminado mediante el control del proceso electoral, limitando la oferta política o, directamente, precocinando el resultado. Por tanto, un modo muy sencillo de distinguir unas elecciones democráticas (observando la competitividad) de otras que no lo son, es averiguar si los electores tienen distintas opciones para elegir, si estas opciones concurren en igualdad de condiciones y si el resultado está predeterminado. 

A Hitler nunca le importaron demasiado las elecciones, sobre todo su carácter democrático. Solo tras el fracaso del Putsch, y tras luchar con su vocación de escritor en prisión, aparecen como el único medio para alcanzar el poder. En un clima de depresión económica, con un pueblo humillado por la derrota en la Primera Guerra Mundial y las indemnizaciones de guerra que debía abonar, el mensaje ultranacionalista del Partido Nazi fue ascendiendo electoralmente, con ligeros retrocesos, hasta convertirse en una de las principales fuerzas políticas de Alemania. Hasta aquí, y pese a la violencia política que ejercían las Sturmabteilung (SA), todo parece más o menos normal, sobre todo teniendo en cuenta que se vivía en la convulsa década de 1930.

La destrucción de cualquier rasgo competitivo llegaría tras la derrota en las elecciones presidenciales de 1932, en las que Hitler se presentó contra Hindenburg (apoyado por una coalición de partidos que prácticamente incluía a todos salvo el nazi), y la ilegalización de los camisas pardas. Un escenario adverso que algunos creían que sería el comienzo del fin de Hitler. Sin embargo, la alianza que el líder nazi había procurado con el poder económico alemán y que le ofrecía una amplia cobertura en muchas de las estructuras de la República de Weimar, la depresión económica, el adecuado empleo de la propaganda… permitieron al Partido Nazi convertirse, en julio de ese mismo año, en el partido más votado en Alemania. Hiter, por fin, ganaba unas elecciones con claridad aunque carecía de los escaños necesarios para completar la mayoría absoluta y, por tanto, convertirse automáticamente en canciller.

A partir de este momento, y neutralizado el traidor Strasser, Hitler puso todo su empeño en alcanzar el poder por el medio que fuese. En minoría parlamentaria, a pesar de ser el partido más votado, urdió una conspiración, junto a von Papen, que dio origen a una operación para procuraría la caída de Schleicher (que ocupaba la Cancillería) y un ‘golpe de Estado’ con el que obligaría al Presidente de la República a poner al líder nazi al frente del gobierno. Tras la renuncia de Schleicher, que no consiguió los apoyos parlamentarios necesarios, y con una presión insoportable sobre el viejo presidente Hindenburg, al que insistentemente acosaban con la noticia de un inminente golpe de Estado de los comunistas alemanes, el 30 de enero de 1933 Hitler fue nombrado canciller de Alemania.

Ya en el poder Hitler centró su actividad en dos focos: eliminar la competición política para obtener la mayoría en la cámara y dar una aparente aspecto de legalidad a su conquista del poder. Convocadas las elecciones de marzo (1933), Marinus van der Lubbe, comunista holandés, incendió el Reichstag en febrero. Aunque muchos hablaban de un montaje de Göring, Hitler aprovecharía el suceso para culpar al KDP (Partido Comunista) y acusarle un inminente golpe de Estado. Advertencia que los nazis trasladan a Hindenburg para justificar la necesidad de adoptar medidas extraordinarias. Así, a finales de febrero, el Presidente de la República firmó el Decreto del incendio del Reichstag, una norma que permitía al canciller, con carácter excepcional, suspender los derechos civiles de los ciudadanos alemanes: libertad de expresión, prensa, asociación, reunión… y la detención, e incluso ejecución, de los enemigos del estado. Acto seguido, Hitler, para preservar el orden del Estado, aunque permitió que el KDP concurriese a las urnas, prohibió todos sus mítines (y detuvo a más de 4.000 miembros del partido), casi todos los actos del SPD (los que autorizaban eran boicoteados por las SA), eliminó la prensa partidista… y los matones de las SA persiguieron a todos los opositores del Partido Nazi. Simultáneamente, Goebbels se hizo con los mandos de la propaganda del Estado, poniéndolo al servicio de la causa nazi, atacando los oídos de los alemanes a través de la poderosa Volksempfänger. Sin embargo, pese a estos esfuerzo, el Partido Nazi solo obtuvo el 44% de los votos, 288 escaños, una nueva victoria que no alcanzaba a la mayoría absoluta que tanto ansiaba Hitler.

Inasequible al desaliento, Hitler prosiguió con su plan de conquistar el poder a cualquier precio, pero siempre con un aparente carácter legal. Propone la Ley Habilitante (Ermächtigungsgesetz), una ley que permitía al gobierno del canciller dictar cualquier norma sin necesidad de su aprobación en el Reichstag, es decir, eliminaba el legislativo, el control del ejecutivo y el carácter democrático de cualquier ley. La aprobación de esta norma exigía una mayoría de 2/3 de la cámara, motivo por el que Hitler inició una estrategia negociadora, secundada por una insoportable presión propagandística, dirigida por Goebbels, y de coacción, a través de las SA, que culminaría con el acuerdo con el partido católico Zentrum, quienes pensaban que serían capaces de domesticar a la bestia. Algo sorprendente, pues Heinrich Himmler ya había estrenado Dachau con el confinamiento de numerosos comunistas (también miembros y dirigentes del SPD), entre ellos los diputados del KDP que no podrían oponerse a la aprobación de la norma, y sobre todo, tras la irrupción de la SA en plena votación para intimidar a los diputados. Finalmente, el 23 de marzo de 1933, con la única oposición de los 94 escaños de la SPD, la Ley Habilitante fue aprobada.

Con todo el poder en el gabinete, sin necesidad de consultar ni aprobar ninguna ley en el Reichstag, los siguientes movimientos de Hitler fueron claros: suspendió la autonomía de los Länder, puso bajo su mando a todos los funcionarios de la República… y declaró al Partido Nazi el único partido político de Alemania. Cualquier otro partido político fue declarado ilegal y sus miembros, en caso de continuar en activo, serían perseguidos y encarcelados. Todos los partidos alemanes, que ocupaban la mayoría parlamentaria en el Reichstag, fueron disolviéndose hasta desaparecer todo rastro de competición partidista.

El 6 de agosto de 1934 fallecía Hindenburg, momento que Hitler aprovecha para la firma de un nuevo decreto que unía la figura del canciller y la del presidente en su persona. Se convertía, de este modo, en el Jefe del Estado (y de las fuerzas armadas). No obstante, y nuevamente con la obsesión de dotar su ascenso al poder del aparente carácter legal y democrático, se convocaron unas nuevas elecciones en las que no existía la competición partidista, no había libertad de expresión… solo una campaña ad hoc que culminó el 19 de agosto en unos comicios de carácter plebiscitario en los que los electores debían ratificar el ascenso al poder del líder nazi. Los resultados fueron claros, con una participación del 95% del censo, el Führer obtuvo un 90% de síes. Por fin Hitler conseguía la mayoría  absoluta en las urnas.

Sí, Hitler ganó unas elecciones, de hecho ganó más de una. No obstante, solo las elecciones de julio de 1932, en las que el Partido Nazi se convirtió en el partido más votado de Alemania, y con las reservas que presenta el período, presentan un triunfo aparentemente democrático de Hitler. Unas elecciones que, sin embargo, no le sirvieron para alcanzar el poder. La negociación extraparlamentaria, la coacción de las SA, la propaganda insoportable de Goebbels... fueron los medios con los que finalmente el líder nazi se convirtió en canciller. Tras su ascenso al poder en enero de 1933, y hasta el fin del régimen nazi, Alemania no volvería a celebrar elecciones democráticas. Por tanto, no, Hitler no llegó al poder democráticamente, ni siquiera obtuvo la mayoría parlamentaria necesaria para convertirse en canciller.

¿Sabes a quién le gustaba decir que Hitler llegó democráticamente al poder?

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