La generación republicana



Muchos republicanos, como cada 14 de abril, sacarán sus banderas tricolor para recordar, de un modo reivindicativo, la II República española. Una reclamación republicana con la mirada en un pasado que podría parecer más un lastre de la historia que una idea de futuro.

Son muchos los republicanos, o los no monárquicos convencidos, los que hoy no saldrán a la calle a manifestar su adhesión a la II República. Y es que el protagonismo de la Segunda, mucho más tras los sucesos de 1939 y la pérdida del ideal político soñado en la Puerta del Sol aquel 14 de abril de 1931, ha provocado que ninguna idea republicana pueda subsistir en la política española postTransición más allá su recuerdo. Indefectiblemente se ha vinculado la idea de república con la reposición histórica del sistema depuesto en 1936. Un hecho que no resulta casual, pues durante la dictadura franquista la idea de república ocupó dos lugares totalmente antagónicos: el infierno para aquellos que fueron socializados en el rigor del régimen y el paraíso terrenal para aquellos cuyo exilio ideológico (ya fuese geográfico o interior) llenaba de trágica nostalgia su memoria. Cualquier referencia a la idea de república pasaba por este inevitable posicionamiento.

Muerto Franco (en su cama) no se notó gran cambio en esta cuestión. Las fuerzas políticas del franquismo caminaron entre el inmovilismo y la recolocación (en muchas casos una reubicación más práctica que ideológica) sin contemplar otra posibilidad que seguir como se estaba. Y las fuerzas conocidas como oposición democrática, además de pegarse (en algunos casos) codazos por convertirse en la contraparte del proceso democratizador, tampoco contemplaron, más allá de una razonable duda, la forma de Estado que debía adoptar la España postfranquista. Con una sociedad plenamente socializada y unos actores políticos que regresaban a la arena política con un margen de actuación ciertamente limitado (el PCE, el más beligerante, ya había renunciado a la tricolor por aquel entonces), el debate constituyente sobre la forma del Estado se limitó (salvo algún amago) a una única posibilidad práctica: la restauración. Una restauración, se entiende, de los borbones en el trono. Algo que ya había sucedido de un modo efectivo el 22 de noviembre de 1975, día en el que Juan Carlos juró como Jefe del Estado en las Cortes franquistas. Si bien es cierto que la restauración del estado anterior exigía una restitución del régimen republicano, una sociedad suficientemente inmovilizada no reclamó experimento alguno más allá de lo que la elite política ya había dispuesto. Y así, de este modo, transcurrió la Transición tal y como nos la ha contado Victoria Prego (y Cuéntame) a todos los que no la vivimos, pasó el intento de golpe de Estado de 1981, tal y como nos lo ha contado Victoria Prego (y Cuéntame) a todos los que no lo vivimos, y de ahí saltamos a los Juegos Olímpicos de Barcelona 92’ con el Príncipe de abanderado y la Familia Real emocionada en el palco de honor. De las imágenes de sacrificios de la década de 1970 y 1980 a la de los éxitos de la década de 1990 (y, solo en parte, de 2000).

Puerta del Sol, 14 de abril de 1931
Y tras este festín llegó la década de 2010, y con ella una serie de críticas a la institución monárquica. Unas críticas que se vinculan a los recientes escándalos de corrupción que protagonizan distintos miembros de la Familia Real (y allegados) y a la situación de crisis generalizada que vive nuestro país. Un pretendido causa-efecto que parece más un artificio para salvaguardar la figura del Rey, cavando un foso a su alrededor, que un intento de sentar las bases de un análisis, siquiera tentativo, de las causas de esta situación y su permanencia en el tiempo. Foso, cabe añadir, al que algunos se empeñan en poner un paso levadizo en forma de abdicación para que el Príncipe pueda tomar los mandos de tan regia empresa.

Con los niveles de aceptación más bajos de la historia (democrática), la monarquía se encuentra en su peor momento. Algo que, como ya hemos dicho, muchos vinculan a los escándalos recientes pero que, en realidad, tiene un origen de mayor calado. Si acudimos a las encuestas publicadas recientemente hay un obstáculo casi insalvable para la institución: cuanto más jóvenes son los ciudadanos, peor es la valoración que hacen de la monarquía. En otras palabras, cuanto más se aleja la ciudadanía de las generaciones del tardofranquismo, Transición y golpe de Estado, menos apoyo obtiene el Rey. Podría parecer que los menores de 35 años son unos desagradecidos, igual lo son, pero puede que solo se trate de unas generaciones que han sido menos socializadas en las bondades de una institución con la que, en consecuencia, ni se identifican plenamente ni ven la idoneidad de perpetuar su existencia sin ofrecer las soluciones que precisa la situación actual.

Cabría distinguir dos debates sobre la monarquía: quién debe ocupar el trono (si debe continuar o abdicar el Rey) y, el más importante, sobre la necesidad de la institución. Sobre el primer debate solo caben dos posturas, la que la propia naturaleza determine en conjunción con el paso del tiempo y la resolución, aunque puede no ser imprescindible, del segundo debate. Respecto a éste cabe decir una obviedad, que un nutrido grupo de ciudadanos se encuentre alejado de los resortes cuasipropagandísticos de apoyo al Rey (que ahora tratan de crear un concepto más amplio de monarquía para facilitar el salto del juancarlismos al felipismo) es un problema para la institución puesto que estas son las generaciones presentes y, por supuesto, futuras. Aquellas que han llegado con el sistema construido, organizado y, parece por el escándalo que se organiza cada vez que alguien menciona la posibilidad de reformarlo, inmutable en el tiempo. Pero si algo tiene el tiempo es que pasa y lo inmutable puede hacerse mutable. Máxime cuando se produce un desencanto con los partidos, la justicia, los mercados, las instituciones europeas… en definitiva, con el sistema. Algo que exige un replanteamiento de la situación global en el que la institución monárquica no puede quedar al margen.

Escudo bandera I República española
Regresando al 14 de abril, se hace necesario separar a los siameses. Si los republicanos desean que su proyecto prospere deben emancipar la idea de república de la idea de la II República española. Si bien es cierto que la tricolor ha mantenido con vida hasta ahora este concepto, al tiempo que reclamaba la reposición, ha llegado el momento de incorporar, en este camino, a más ciudadanos. Una parte de la ciudadanía que no se identifica con la II República, en parte por el secuestro que de este régimen político hace la izquierda (secuestro parejo al que la derecha hace de la idea de España) pero que, o bien quiere una república no tricolor, o bien no simpatiza con la monarquía pero tampoco sabe hacia dónde caminar.

Si los republicanos quieren alcanzar el triunfo en su propósito, solo lo lograrán si consiguen que la república sea de todos (un eufemismo como otro cualquiera para decir “de la mayoría”), en caso contrario, difícil viaje. Porque ante la falta de alternativa real, o destino cierto, ‘virgencita, virgencita, que nos dejen como estamos’, ‘más vale malo conocido que bueno por conocer’… y todo el refranero español en tropel. No hay clima de 1931, al menos no todavía. Y la república no llegará por combustión espontánea. Es por ello por lo que es absolutamente imprescindible, por parte de todos los republicanos, hacer algo más que ondear banderas y esperar el siguiente lote de correos comprometedores de Diego Torres. Si la tricolor no identifica la idea de la III República, habrá triunfado en su propósito de mantener con vida la Segunda pero estará fracasando en la búsqueda de un centrifugado del sistema actual. El propósito de la Tercera necesita un símbolo con el se conduzca un cambio probable pero no inmediato. Hacen falta nuevas iniciativas, ya sea sacar la III República del armario o trazar una ruta de viaje factible (vía consulta popular).

El triunfo pasa, inevitablemente, por la ampliación de la base social de sus partidarios, por sumar más gente a esa generación no monárquica. Las encuestas indican que crece la desaprobación o desapego con la monarquía (ya sea a la figura del Rey o a la institución), pero no ha crecido paralelamente una alternativa real. Este escenario no garantiza ningún éxito republicano, solo indica una posibilidad de cambio que, además, forma parte de un conjunto muy difuso que se relaciona con la crisis general del sistema y en la que aparece más como parte de un proceso constituyente global que como un único punto a tratar. Hay que ofrecer una alternativa de carácter integrador que el permanente recuerdo a la II República no puede garantizar. La III República debe ser respetuosa con la tradición española iniciada en 1873, pero no debe convertirse en su prisionera. El mito del pasado no debe devorar un futuro que todavía no ha llegado.


2 comentario(s)

Pablo F. | 14 de abril de 2013, 18:01

Es acertado destacar que hay toda una serie de generaciones que no conocen los méritos del rey y por eso no ven el aporte de la monarquía a la democracia ni al país. Sin embargo, puede no ser suficiente para que la república venga. Hacen falta, como dices, muchas otras cosas para que se cree el clima necesario para que se produzca un cambio. Aunque al ritmo que van lo mismo lo consiguen ellos solos sin necesidad de colaboración.

el_situacionista | 24 de abril de 2013, 14:58

Estoy de acuerdo, esencialmente, contigo. Ya lo sabes. La idea de República española, o se independiza de su pasado del 31 o poco camino tendrá para recorrer. Curioso, por otra parte, que alguien que como tú argumenta esto lo haga precisamente el día 14 de Abril. Quizás lo primero que debiéramos hacer es independizar el debate republicano de la fecha señalada.

En caso contrario, se quedará (el debate mismo) como un acto folclórico cualquiera: los jueves, cocido y los 14 de Abril, hablamos de la República.

Saludos.