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Por un puñado de tuits



Obviedad: la comunicación política ha cambiado mucho en las últimas dos décadas. La línea que separaba lo público de lo privado se ha difuminado hasta casi desaparecer. Quizás solo nos quede un pequeño resquicio para la intimidad en todo el material que nos empeñamos en compartir en las redes sociales. Un gran espacio público que, a pesar de la inmediatez que caracteriza a las nuevas plataformas, tiene una extraordinaria memoria (mejor dicho registro). Una nueva dinámica en la que, en ningún caso, el derecho al olvido puede ser confundido con el derecho al encubrimiento.
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No hay políticos como los de la tele, o sí



«The only bad people to have in your life are teachers. I’d trust assassins over teachers» 
Eli Gold, #TheGoodWife

No fue el Presidente Underwood el primero en enseñarnos los entresijos del poder, ni tampoco lo fue desde el tubo catódico el Presidente Barlett y su enérgico modo de me pongo la chaqueta como quien da un quite, ya habían desfilado mucho antes por la televisión los Yo, Claudio, Sí, ministro… y hasta el homoantecesor británico de Underwood. Sin embargo, la buena salud de la que goza la ficción televisiva se ha visto acompañada del Desembarco de un buen número de productos que centran su atención en la política, en el poder político. Ya sea en tono comedia, como la más o menos exitosa Veep, que por muchas referencias que hagan en su carátula de presentación no se parece ni por casualidad a The thick of it; Alpha House, gracias a la que ya conocemos el lugar en el que John Goodman emergió tras su baño en las aguas del Mississipi; o la siempre irregular Spin City o Parks and recreations. También hay productos de más brillantina precocinada que intriga, como Scandal, Madam Secretary, Commander in chief o Political animals, pero sobre todo tenemos la producción netamente dramática en la que, ya sea directamente, como las muy celebradas House of cards o Borgen (siempre comparadas, siempre tan distantes), o el Secret State en el que Gabriel Byrne borda otro papel haciendo de sí mismo, ya sea indirectamente, como esa trastienda política enfangada que solo Alicia parece atreverse a atravesar en esa joya llamada The good wife, la permanente conspiración (homicida) de Juego de Tronos, o ese complot mundial tan adictivo de Utopia (en su primera temporada y primer capítulo de la segunda, el resto...).
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Yo quemé mi bandera



«America, the red, white, and blue, we spit on you, 
 you stand for plunder, you will go under» 

Un pedazo de tela, unos colores, puede que algún escudo o símbolo, a veces una leyenda… en definitiva, una bandera. Un trozo de trapo que simboliza la suma de determinados valores, posiciones políticas, un equipo de fútbol, un banco… con los que se identifica un grupo de personas que, en mayor o menor medida, se organizan en torno a esa representación. Un expresión no verbal contra la que solo caben otras expresiones no verbales, como levantarse a su paso, rendir un emocionado homenaje mirando al infinito a lo candidato a la Comunidad de Madrid... o prenderle fuego.
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El Halo de Peter


Tira cómica Dilbert, de Scott Adams

Una cualidad es relevante en la medida en la que es escasa en la sociedad. Un clásico ejemplo de este axioma son los superhéroes, Superman sin ir más lejos: Kal-El (aka Clark Kent) en el planeta Tierra es un ‘súper hombre’ con infinidad de poderes que superan con creces a cualquier ser humano, sin embargo, en Krypton, su país natal, es solo un ciudadano normal, uno más del montón cuyo único mérito es ser hijo del jefe, de Jor-El.
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Los quince días más largos de la historia


Ilustración: @RobertoLM

Es conocido por todos que Windows tiene su propia dimensión espacio-tiempo. Desde que aparece el relojito con el inicio de su cuenta atrás hasta que llega a su fin pueden pasar minutos, horas, días… nunca hay certeza sobre cuánto tiempo tardará en cumplir su tarea. Este puede ser el caso de las campañas electorales, un espacio aparentemente delimitado (por la legislación en España) y cuya duración ha desbordado sus márgenes. Las democracias mediáticas han convertido los quince días de campaña electoral en los quince días más largos de la historia, especialmente este año, en el que coinciden todo tipo de comicios: municipales, autonómicas, las andaluzas y catalanas, unas legislativas a final de año, las universidades renuevan sus rectorados… y hasta alguna imprudente y viciosa comunidad de vecinos que también quiere votar una derrama. Quince días que van a durar todo un año.
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La vieja Facultad de Políticas

Fuente original de la imagen.

Decía Oscar Wilde, escritor y redactor de frases célebres (probablemente la mayor parte mal atribuidas), que uno escribe memorias cuando se queda sin memoria. Este es el mismo comentario que le hice a @el_situacionista al leer su entrada sobre su paso por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM. Cabría añadir, además, que la memoria imagina su recuerdo en la forma que estima más oportuna, dibujando una realidad que, sin sonrojo, manipula a su antojo. Es el caso de esta entrada, un texto medio escrito desde hace tiempo que solo concluyo con el ánimo politológico que discutir cuando se está de acuerdo en lo que se dice.
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Reductio ad Hitlerum, Adolfo el demócrata

Hitler fabricaba Volkswagen, todo el que conduce un Volkswagen es un nazi. 
A Hitler le gustaba la naturaleza, los ecologistas son unos nazis
#yasítodo 

Adolf Hitler votando en las elecciones de julio de 1933.
Para muchos, lo más importante en el combate político, casi en cualquier tipo de combate, es poder arrojar un puñado de arena a los ojos del adversario y así, de este modo, tomar una ventaja que permita ganar la batalla. Puede que el Coliseo no aplauda la victoria sin gloria, pero la sangre derramada no será la propia sino la del rival. Este es el caso de la reductio ad Hitlerum, padre, madre y cura del bautizo de una coletilla recurrente: «Hitler también llegó al poder después de ganar unas elecciones». Cierto es que Adolfo, Fito para los colegas genocidas, ganó unas elecciones, las de 1933, y que repitió triunfo en las plebiscitarias de 1934, pero también lo es que ambos casos (especialmente en el segundo) el necesario carácter democrático brillaba por su ausencia.
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Se buscan 8.000 alcaldes



Después del proceso constituyente, el camino que había empezado a recorrer el nuevo Estado debía cumplir una nueva estación: las elecciones municipales. Unos comicios que se convocaban bajo el amparo de la nueva Constitución y que llamaba a la democratización de sus órganos de gobierno a unos 8.000 municipios.